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Franco Colapinto en el GP de Australia: por qué recibió una sanción de Stop and Go

  • Foto del escritor: Enzo Zentava
    Enzo Zentava
  • 9 mar
  • 2 Min. de lectura

Lo que vivimos este fin de semana en Australia con Franco Colapinto nos deja un sabor amargo, no por falta de muñeca del pibe de Pilar, sino por un error ajeno que, en la máxima categoría del automovilismo, se paga con una crueldad absoluta. Es difícil de digerir que una carrera se condicione antes de que el semáforo se apague, pero así de implacable es el reglamento de la FIA cuando la precisión mecánica falla por apenas unos segundos.


Franco Colapinto en el GP de Australia: por qué recibió una sanción de Stop and Go

La sanción de stop-and-go que recibió Franco fue un mazazo directo a cualquier estrategia. Pasar de estar peleando en el pelotón medio a quedar enterrado en el vigésimo puesto, viendo cómo el resto se escapa, es una prueba psicológica que pocos pilotos debutantes logran sortear con la entereza que mostró él. La explicación oficial suena a burocracia pura, pero el Artículo B5.5.5 es tajante: si un mecánico toca el auto después de la señal de los quince segundos y el piloto no larga desde el pit lane, la penalización es obligatoria e inmediata. En este caso, el equipo Alpine cometió un pecado de ansiedad o de distracción que terminó arruinando el domingo del Coche 43.


Franco Colapinto en el GP de Australia: por qué recibió una sanción de Stop and Go

Es frustrante escuchar a Franco admitir, con la humildad que lo caracteriza, que ni siquiera entendía bien qué había pasado mientras atendía a los medios. Terminó 14°, a dos vueltas del líder, remontando lo que pudo en un circuito donde el aire sucio y el tráfico no perdonan. Si bien el resultado final no brilla en los papeles, la resiliencia para seguir empujando tras perder una eternidad en boxes demuestra que el talento está intacto. Sin embargo, en la Fórmula 1 actual, el piloto es solo una pieza de un engranaje que no permite fisuras; hoy, el error fue de los boxes, y a nosotros nos queda la bronca de saber que Franco tenía ritmo para mucho más que un decimocuarto puesto condicionado por un cronómetro implacable.

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